Seguramente no nos paramos
de la misma forma frente a la misma situación.
Seguramente no contemplamos
el mismo objeto desde el mismo ángulo.
Seguramente la realidad nos
trasciende, existe más allá de nosotros, pero el percibirla distinto nos lleva
a infinitas concepciones, infinitas realidades.
No tengo objeción contra las
diferencias. Por el contrario, abogo a favor de los matices y las variedades. El
universo es demasiado vasto para limitarlo -a pesar de que esta consista la empeñada
tarea de muchos, en verdad es un emprendimiento inútil-.
Creo que la variedad
enriquece; la misma escena fotografiada desde distintos ángulos puede llevarnos
a descubrir mundos impensados.
Sin embargo, pareciera que
la diferencia divide. Ante la diversidad de colores terminamos optando por el
blanco, o el negro. Por alguna razón la multiplicidad de percepciones nos
alejan, nos enemistan.
Si hoy pudiésemos abstraer
de cada uno de los conflictos humanos sus circunstancias particulares, nos
encontraríamos con la misma raíz, la misma causa: percepciones distintas de la
realidad.
Es fascinante y tortuoso a
la vez observar los conflictos desde afuera y poder encontrar los malentendidos
y las malinterpretaciones de cada una de las partes. Es fascinante que termine
siendo tan simple; y tortuosa la impotencia de no poder hacer nada al respecto.
Porque la postura del observador rara vez convencerá a los involucrados; el
formar parte de las circunstancias nos impide ver más allá.
Cuando me refiero a las
percepciones no quiero implicar a la cultura. Es verdad que el proceso de
socialización, nuestro contexto, nos llevan a ver y leer la realidad a través
de una lente particular. Respetando las diferencias
culturales, sociales, generacionales, pretendo llegar más allá. Quiero
encontrar aquello que nos une, no lo que nos separa.
Porque más allá de toda
diferencia, todos sentimos dolor, placer, angustia, felicidad. Probablemente
sentimos distinto frente a las mismas circunstancias, pero el dolor nos duele a
todos, y el placer nos regocija. Cuando lloramos angustiados podemos estar
seguros de que todos alguna vez se sintieron igual de desamparados. Cuando
reímos hasta caer tendidos la sensación es una, y experimentar la felicidad nos
ilumina a todos por igual.
Quizás hay una constante en
las percepciones.
Quizás en las diferencias
encontremos la esencia que nos une.

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